martes, 4 de mayo de 2010

La solución total (o la custodia compartida del gato)

Yolanda era un encanto de tía, pero además era una mujer extraordinaria. Mientras me daba cuenta de eso, del tiempo que había perdido, de lo que me había costado todo, ví como Billy (mi gato de 5 semanas) se sentaba con la cola recogida hacia el costado por primera vez, al tiempo que ante un estímulo respondía con un movimiento rectilíneo uniforme; veloz para su tamaño. En definitiva, su pequeño cuerpecito se estaba transformando en lo que uno conoce como gato, un verdadero gato.
Me quedaba claro que si no conociera para nada a Yolanda, si sucediera por ejemplo un encuentro fortuito en plena calle, seguido de un par de intercambios visuales en los que nos reconociéramos como simples desafortunados, me enamoraría de ella en un par de semanas.  Pensaba en eso como una imagen de ensueño, quizá un contraluz anaranjado, de flores secas de un día de la madre, que se reflejaban en el vidrio de un portarretrato que contenía mi foto.
Metí la mano hambriento en una industrial bolsa de brotes verdes intentando saciar de mala manera la injusticia de un día agotador, pero en realidad, lo que necesitaba era volver a escribir. Fue en ese instante, cuando me metía sin condimento alguno los brotes verdes directamente en la boca, que Billy se despertó. Era la una y media de la madrugada cuando se deperezó y salió de su cueva -una almohada vieja que fue lo primero que se apropió y a la que ya le había dado un poco de forma hundiéndola con su cuerpecito.
La solución de Billy era inigualable: nacer como sea, de a poco transformarse en lo que realmente debía ser y además, darle algo de su forma a lo que tenía a su alcance. Era cuestión de llegar a un acuerdo. Es decir, yo formaba parte activa de la rápida transformación de Billy en gato, mientras que él me ayudaría a mi a darme cuenta lentamente de todo lo que bebía, desde ahora mismo hasta el fin de mi existencia. Era como una custodia compartida.

viernes, 26 de marzo de 2010

Conversaciones con el Gaita (IV)


-Vaya, increíble. Acabas de acusarme de ser un conformista de los hechos. Los hechos son para aceptarlos. Al menos habiendo sucedido es lo mejor que se puede hacer.
-Por supuesto.
-...
-Y luego hay un detalle: los hechos están para analizarse, darles mejor forma, cambiarlos, hacerlos suceder...
-¿Cómo haces que suceda algo?
-Pensándolo. Suceda o no de verdad después. Pensándolo ya ha sucedido algo.
-Eres un simplista, Juan; o un filósofo barato, lo que prefieras. Y no te ofendas pero me da una sensación fea contigo.
-Decilo, dale...
-Me da que estas camino de ser... un extremista, un absoluto.
-¿Absolutamente barato querés decir? Te fuiste al carajo, Gaita. Pero está bien; de cualquier forma lo único que nos separa es un café y cincuenta centímetros. Aunque te esfuerces, no hay más.
-Como mínimo eres un simplista. Ya no eres tan jóven como para creer que el mundo esta en tus manos.
-Yo no insinué eso. Decime ¿vos crees que en toda tu vida no hay nada que haya sucedido por tu culpa, sólamente por tu culpa? ¿No has provocado nada?
-Un par de cosas, supongo... Espero...
-Un par, si... ¿No hay nada que quisieras que suceda porque vos lo hayas hecho?
-Otro par... No sé Juan, termina de una vez. 

El Gaita, sin ni siquiera mirar a Juan, harto, se vuelve a la camarera: -¿Otro café por favor?
Juan, como imitándolo: -`Otro café´ boludo, `otro café... Ya van dos pares de cosas, Gaita. ¿Viste, eh?... Dos pares van.


(Foto: Nico) El Gaita, harto. Ya sabés, quizá te interese Conversaciones con el Gaita (I), el (II), el (III). O puedes esperar a que se me ocurra algo mejor.

jueves, 18 de marzo de 2010

Culpable


Cuando sea grande quiero ser como Touré Yaya (Sokoura Bouake), por el apellido nada más, por dificultarme un poco. Pero si me torno imposible, les pido disculpas de antemano, es sólo un antojo que vislumbro para mi vejéz. En realidad lo único importante en la vida es no poder echarle la culpa a nadie de nuestras decisiones, mucho menos de nuestro destino; todo lo demás, en el fondo es poca cosa.

Al hilo de esto, pensaba qué pasaría si la culpa de todo fuera de los otros, que significado tendríamos.  Que triste sería no tener la culpa de nada, ni siquiera de habernos equivocado; ser, de una vez por todas y como se debe, culpables. Aunque algo menos grave, pero quizá un tanto peor, es no haber tenido la culpa de los éxitos. "Dicen que me caso", decía mi padre que decía un amigo suyo en el Buenos Aires de los años 50. Lo decía en serio, era una voz que corría por el barrio. Se decía; mientras él no estaba muy al tanto del tema. Y se casó.

Qué pasaría si Messi hiciera goles porque se lo hubieran sugerido, un altavoz en el estadio, que en medio de la jugada maestra dijera "¡ahora Lionel, ahora!". O, si Rajoy dijera lo que dice sin convencimiento propio, sino por seguirle el paso a Esperanza; pero sin ninguna esperanza. Después me vinieron a la cabeza infinidad de personajes, países, vidas y dialécticas. Y por un momento pensé que no era culpable de nada. Pero igual me puse a escribir.

domingo, 28 de febrero de 2010

Pan con manteca y el hielo de Vancouver


A las dos y cuarto llamó Edmond y en media hora estabamos comiendo en el Irlandés. Yo venía de una semana horribilis, asi que el llamado de Edmond fue un bálsamo, y siendo ya viernes por la tarde,  me preparaba para irme a cualquier lado y el Irlandés podía ser todos.
-¿Cuánto hace que vos y yo no comemos acá, che?
-Jo, tío ¿Tú y yo?... ¿aquí?... mogollón. Es increíble... este lugar, es...
-¡Qué bárbaro! La última fue aquella vez...
-Si, tú te estabas yendo, creo...
-No, era un fin de año en esa mesa, ahí...
-Si, ahí; sí...
Hacía un par de meses que no sabíamos nada el uno del otro y había que ponerse al tanto. Me preguntó por el Gaita, pero no me animé a decirle mucho más. Lo importante era el reencuentro y que estábamos sentados allí . Cuando ibamos a pedir la comida se nos acercó Jessi, con su inefable look andino. Había vuelto a trabajar al Irlandés, como Marlene, aquella noche de perros.
-¡Hoooola! -me reconoció.
-¿Pero entonces? ¿vos también volviste?

Edmond miraba el menú y yo a Jessi. En líneas generales la grasa se nos acumulaba bien, la frente seguía alta y la familia crecía; sobre todo la de Edmond, que se acababa de mudar de casa y que con el carné de CC.OO. en la mano se quejaba de la tentación de comprarse un coche pijo. Después me determinó su particular línea con la que separa alguna gente desagradable de su entorno. Yo le aseguré que lo pasaba bien con y sin carné, que me habían dado mas responsabilidad con un aumento de mierda y que el flujo de información era tal desastre que temía que empezara a influír en mi humor. Tanto, que me había pasado una noche en vela viendo cómo Min Jung Kwak,  una coreana de 16 años, se deslizaba sobre el hielo en Vancouver; se elevaba, daba vueltas como un molinete y descendía como una seda un poco más allá sobre el mismo hielo. Y no se equivocaba nunca... nunca. Y ahí estabamos, Edmond y yo, comiendo y dando vueltas sobre lo recurrente: la economía, las mujeres, la escasez, la abundancia, el peligro y el sueño... En fin, reconfirmando nuestra edad y la monumental pereza que da el mundo. Quizá nos faltaba convencernos de que sobre la vida hay que patinar -preferentemente como Kwak- y si uno se equivoca en el fondo no pasa nada.

-Me acuerdo siempre de tí, dijo Jessi
-¡No hagas eso!, le repliqué.
-Sí, porque por la mañana pedías la tostada con mantequilla como "pan con manteca", siempre me acuerdo.
- ...
Le iba a decir algo, tipo: Jessi, ¿vos sabés lo que estas diciendo? ¿sos consciente de tu forma de recordarme?. Pero no le dije nada y fuimos cerrando la charla con Edmond.
Cómo se le ocurre; recordar mi pan con manteca... Hay que ver...

(Foto: zimbio.com)  Min Jung Kwak patinando sobre el hielo de Vancouver

sábado, 20 de febrero de 2010

Llamamiento popular

Desde esta, mi página virtual, hago un llamamiento popular para que se sumen a mi idea de lanzar al mercado una nueva entidad financiera. Disculpen que vuelva con esto, pero es que no puedo y además ya saben, es una idea que me ronda en la cabeza desde hace años.
Para los interesados, paso a detallarles. Muy por encima, esquemáticamente, sería un banco manejado por todos nosotros; tipo cooperativa, en plan: vos atendés a los clientes, tu con un ordenador mandas los resúmenes, yo limpio los baños, el controla papelitos, ella hace los llamados telefónicos y un pibe trae el café. Más una línea telefónica con grabación automática (y el que conteste el llamado de un cliente le corto los dedos ¿está claro?) Algo así, sencillito. No se necesita demasiada pasta porque de a poco la ponen los clientes; asi que está chupado.
De hecho, tengo claro hasta el nombre de le entidad: Toma. Corto, claro, directo. Sería un pelotazo. Y la idea es clara por que por un lado los bancos te la dan y por el otro, también. De ahí saldría el slogan publicitario: "¿La quieres?... ¡Toma!".
Además -y siempre con la idea fija- cada vez que he ido al supermercado durante estos últimos años me he tomado el trabajo de coger la caja más grande que encontraba por ahí y así la última que tengo en casa es una lo suficientemente grande, de cartón corrugado, sin golpes, donde creo que los primeros dinerillos que nos confíen se pueden guardar bien y con una seguridad aceptable.
Por otro lado creo que es ahora o nunca muchachos; salvo que se den cuenta de lo que pasa, de cómo es la cosa... pero no creo. Estaba escuchando la radio en mi coche nuevo (lo compré cash, sin pedirle nada a ningún banco) y leía el periódico y está claro que nosotros no perdemos nunca. Pero nunca, nunca de los jamases. Quiero decir, esto no sería una inversión de riesgo. Dicen que nosotros aportamos capital de riesgo pero eso es una falacia, nosotros vamos en bote. Para ser bien claro, a ver si se animan: cuando el mercado nos levanta el dedo, nosotros ganamos y cuando el mercado nos baja el dedo... no sé cómo es, pero también ganamos.
Además la justicia y el gobierno están de nuestro lado y tenemos vía libre para la letra pequeña -ustedes me entienden-. Nadie puede tocarnos porque somos nosotros quienes les damos de comer. Con lo cual en cuanto nos tocan esa famosa letra pequeña, en cuanto insinúen que lo nuestro también debe arriesgarse a las temibles leyes del mercado, nosotros nos retiramos del mercado. Y si nosotros nos retiramos del mercado se acaba la fiesta. Y nadie quiere que se acabe la fiesta ¿verdad?.
Pues yo tampoco. Asi que venga ¿quién se apunta?

viernes, 5 de febrero de 2010

Autor desconocido

De vez en cuando Noe se sienta frente a mi sitio y mientras yo le quito años a alguna mujer innecesaria ella le saca o le pone letras a un texto que podría perfectamente no haberse escrito nunca, e insiste en que yo escribo bien.
Mare me presta su coche cuando se hace tarde y almorzando conmigo teme que por mis mayores obligaciones actuales vaya dejando este lado del planeta.
Yolanda se persigna con café y a veces con alguna ocurrencia mía; cambia el gesto y la postura, tropieza, se vence. Y cuando le pregunto por qué, dice que no lo sabe.
Le digo que eso es imposible, a las tres se lo digo, que sólo soy un aficionado, a lo que sea y al mundo entero, y que no conozco otro planeta que el del agua transparente. Y ahí sí que se lo ve todo.
Asi que -es verdad- es probable que no pueda escribir tan seguido ahora pero antes de morir de sed les prometí que me bebería la tinta de alguna lapicera repetida, esa que ayer sacudí para dejar un mensaje claro:  no sé de qué están hablando.

(Foto: Mahnicus) La imagen es totalmente espontánea y el autor también un aficionado.

sábado, 23 de enero de 2010

Breve historia del tiempo



Se notaba que era Italia porque la historia se te venía encima caminando. Lo que no estaba previsto era tocar la historia y que ella misma me reclamara como suya y me invitara a tomar café.
Habíamos llegado allí vía Milán, en unas mini vacaciones de seis días, pero de esas que forzando kilómetros, horas y rincones, te trasladan en el tiempo y terminan pareciendo eternas.
Una tarde me decidí a visitar Varazze -la ciudad donde hace 88 años nació mi padre- y estaba dispuesto a hacer lo que sea hasta dar con algún "Carletti" (en este caso,  permítanse las comillas). Todo empezó bien porque al llegar a la ciudad el GPS del coche situó perfectamente la calle Cerruti, allí donde mi padre me dijo que había vivido unos pocos meses antes de tomarse un barco hacia la Argentina y modificar la historia que ahora yo pretendía encontrar.  La calle era corta y las perspectivas buenas, pero llegué sin contacto previo, así que empecé a tocar timbres al azar y a preguntar a los ciudadanos de a pie en un débil italiano: "Disculpe, estoy buscando a algún Carletti. Mi padre me dijo que vivían en esta calle, ¿conoce a alguno?"


Todo apuntaba a resolver un enorme enroque del tiempo, confundido de lugares, perezoso de alinearse otra vez con la historia que, en ese mismo instante, pretendía agregar una fotografía pasajera a la postura firme de mi nono Antonio. Fueron sólo un par de consultas: "Siga unos pasos hacia allá, ahí, en esa casa naranja viven los Carletti".
En el listín de portales de la entrada estaba escrito mi apellido, "Carletti". Sentí cómo la historia me miraba a la cara, coincidía con ella -el país, la ciudad, la calle y el nombre- aunque aún me preguntaba si de verdad algo de eso sería mio y si sabría bien quién era yo. De todas formas, aunque desconociera el tiempo, le diría que yo conocía algunas versiones del lugar; o viceversa.

Entré a la casa naranja. Lo primero que atiné a hacer fué sacar de mi bolsillo el papel doblado para mostrarle a Guido Carletti el árbol genealógico que me había hecho mi padre. Fue ahí cuando se produjo el contacto directo con la historia; mientras ambos, así, sin más, descubríamos quiénes éramos. Se determinó sin lugar a dudas que nuestros abuelos eran hermanos, nuestros padres primos, y Guido y yo, primos segundos. ¡Avanti!

De inmediato, sentado, fui invitado a un café y a ver una infinidad de fotos que tenían el mismo color que el café. Pero la más impresionante fue la primera: mi abuelo, mi abuela y mi padre bambino de cuatro años, una foto de 1926. Esa foto yo la identificaba solamente en Buenos Aires; esta era una copia que había sido enviada hace más de 80 años de vuelta al origen, para que la famiglia supiera de las andanzas de aquel hermano por tierras sudamericanas y viera cómo crecía el bambino.
¿Qué hacía eso allí si era mio? ¿Cómo podía yo desonocer eso? Quizá uno estaba volviendo al origen. Pero cuando me pregunté (muy confundido) a cuál de todos supe que era al original, al del origen de verdad.  Un recuerdo mío dormía allí, cobijado por mi desconocimiento. Estaba viendo una parte de la historia del tiempo.

(Fotos: Nico) El centro de Varazze a escasos 400 metros de la casa naranja. Foto vieja: Antonio Carletti, Catalina V. y el bambino, Guisseppe Carletti, mi padre. La calle Cerruti y un costado de la casa naranja.
El título "Breve historia del tiempo" está inspirado en la obra del mismo nombre del científico Stephen Hawking.