jueves, 12 de noviembre de 2009

El Ryuichi invisible



Ryuichi había adelantado que variaría el repertorio según él fuera sintiendo de qué forma iba llegando al público; y también, que saldría a escena con dos pianos. Efectivamente en el escenario había dos enormes pianos de cola y por un momento gran parte del público dudó si Ryuichi tendría cuatro manos para tocarlos, cosa nada improbable para quienes conocieran las virtudes de este extraordinario pianista japonés.
No, no tenía cuatro manos, pero ocurrió algo bastante parecido. Porque a pesar del aviso, era fascinante ver cómo las teclitas del otro piano se movían solas, interpretadas por otro Ryuichi, uno que programó digitalmente algunas de las canciones que interpretó, logrando que de un lado Ryuichi Sakamoto tocara una parte de la partitura y frente a él, un segundo Ryuchi Sakamoto (!) interpretara otra partitura distinta simultáneamente.
La gente sintió de verdad que Ryuichi tenía cuatro manos, y lo aplaudió cada vez con más calidez, con más manos. Y Ryuichi se las devolvió todas, saliendo a escena hasta cuatro veces.
¿O fueron ocho?
(Foto: Nico) El pianista japonés Ryuichi Sakamoto ayer en el teatro Circo Price de Madrid

domingo, 1 de noviembre de 2009

Rainbow



Rainbow andaba con cara triste. Yolanda y Juan se estaban separando y le hacían más caricias que nunca, tratando de hacerle entender que un día de estos se iría a vivir a lo de Juan.
Fue por eso que Yolanda me gritó aquel domingo cuando me vio por Serrano. Además de lo de Juan, Rainbow se le estaba poniendo en contra y eso la ponía irascible.
Rainbow soportaría mudarse a lo de Juan, ese piso de mala muerte, sin balcón ni cama grande; pero jamás le perdonaría haber perdido a Juan así, agotando las existencias de todo. Les quedaba algo de café pero se les acababan las palabras. Cortaban un poco de pan, ponían la mesa... Rainbow no aguantó más esa sucesión de tardes silenciosas y se desplomó en un par de semanas. De hecho fue él quien, a su manera, les avisó de que todo había terminado.
Dejó de comer la picada mixta con tomillo de las siete y cuarto que Juan le preparaba con paciencia, las orejas empezaron a pesarle, perdía el pelo y ya no marcaba el barrio como antes.
Y Yolanda lo entendió.

(Foto: Nico)

martes, 27 de octubre de 2009

El lunes que no fue


A partir de las once de la noche dejó de ser lunes. De hecho el Moe se transformó en el lugar donde fue menos lunes de todo el mundo. La Bob Sands Big Band salió a escena sin previo aviso y desató un vendaval incontenible. Diecisiete científicos embravecidos se plantaron sobre un diminuto escenario de seis por cuatro y arrasaron con cualquier atisbo de inserción en la semana laboral, borraron la modorra de ahí hasta el mes que viene.
Nada era normal. Trece instrumentos de viento, más piano, guitarra, bajo y batería se venían encima y bastaba con verles las caras para saber que todos y cada uno de ellos tenían que estar (o haber estado en algún momento de sus vidas) completamente locos para hacer sonar lo que estaban haciendo sonar de esa manera.
Con poca luz y con dificultad contuve varias veces la respiración y logré tomar alguna que otra mala fotografía. Pero era un momento en que los oídos hacían ver más que los ojos. Nadie debería dejar de quitarse un lunes de encima de esa manera.

(Foto: Nico) La Bob Sands Big Band anoche en el Moe de Madrid. Todos los lunes a partir de las 22.30

domingo, 25 de octubre de 2009

Por los pelos



Era una mañana redituable. Desayunar un domingo en el Mallorca de Serrano y Columela no estaba previsto bajo ningún punto de vista. Pero las cosas suceden.
Me encontré cómodo al principio aunque, al rato, confieso que me sentí un poco desubicado por cierto pantalón rojo, pañuelos al cuello o algunas repugnantes gafas negras. Tanto, que me dieron muchas ganas de acercarme a ese señor y, amagando como para pedirle prestado el periódico, decirle: "Oiga, disculpe, ¿usted ve bien?". Pero es lo que tiene recurrir a estos barrios madrileños para poder comer un fantástico sandwich de pebete con salmón y aguacate. Además, la vida no está como para dedicarse a cambiársela a nadie.

Asi que lo dejé pasar y metí mi hocico donde corresponde, en el café con leche.
Cuando estaba terminando de leer El Corriere, a eso de las 12 en punto, ingresó al local Boris Izaguirre con el que tenía toda la pinta de ser su novio. Ahí la cosa ya me pareció demasiado, no quise interrumpirlos y me retiré.
Al salir por Serrano hacia Alcalá, paró un coche a mi lado. Era Yolanda, que bajando la ventanilla me increpó, diciéndome que era un maleducado por no haberle contestado el correo. Mientras, Julia me acariciaba la barba y me decía que estaba irresistible así, con cinco milímetros más de pelo en la cara, y que algunos ya tenían canitas y tal. Me desconcentré tanto que por un instante no supe que contestarle a ninguna de las dos.

Pero me recompuse. Pensé en Boris y sus ardores dominicales con su novio, en mi reciente acierto del salmón con aguacate y me deshice de otros mariquitas de la zona. Le grité a Yolanda que lo del correo no había sido un olvido, pero tampoco un error y que si me daba la gana me daría una vuelta esa noche. Luego me quité las manos encima de Julia, diciéndole que yo pensé que le gustaba de antes y que por cinco milímetros de pelos no puede uno enamorarse de nadie.
Yolanda ya había subido la ventanilla y huía doblando a velocidad por Columela. Julia, me besaba la mejilla mientras se ponía a llorar.

(Foto: Nico) La citada pastelería Mallorca de Serrano y Columela en Madrid, este domingo a las 11.45 de la mañana.

martes, 13 de octubre de 2009

Fuera de guión



Era un lunes ejemplar de otoño en Madrid. Festivo, 27 grados, cuatro de la tarde. Yo estaba tomando un café al sol en la Plaza Santa Ana cuando apareció Fito Paez con Ana de Armas y se sentaron en la terraza de al lado. Pensé que con Fito ya sólo me falta que venga a casa a tocar el piano el día de mi cumpleaños y casi nada más. La próxima vez ya le voy a decir "Fito, soy yo".
Terminé mi café. Al rato, mientras él abrazaba y besaba a mi hijos y me estrechaba luego la mano a mí, me pareció una injusticia que yo sepa tanto de él y él ni siquiera sepa quién soy. Nimiedades, como cuántas veces escucho un tema suyo en el coche por semana, que el nombre de este blog se inspira en una canción suya, o bien que este sábado estuve ensayando una versión extraordinaria de Tres agujas, grabada por Luis Alberto Spinetta, y que sonó muy bien.
Cuando me iba, me pasó por al lado Eusebio Poncela, que ni se enteró de que por ahí andaban Paez, Ana y más aca yo, y se metió en un bar. Asi que intencionalmente, corté la escena, dejé de hacer aparecer personajes y abandoné la plaza y la tarde.
(Foto: Nico) Reflejos, contrastes y dobleces cerca de Plaza Santa Ana.

jueves, 8 de octubre de 2009

El anarquista


Hace un tiempo me ronda por la cabeza una conjetura fantasmal: que la democracia ha dejado de serlo para transformarse en una mera subsidiaria del poder económico. Yo suponía que esta idea era vieja y por tanto inocua, pero una noche, hace un par de años, cuano la esbocé entre copas sobre una mesa de viejos amigos, todavía dio pelea y me llamaron hasta anarquista, cariñosamente, mientras me servían otra copa.
Yo no me refería a eludir ni puentear a la democracia (mucho menos en preferencia a otro sistema) sino a tener mucho cuidado de llamar a esto democracia. Porque alguien puede pensar que esto es verdaderamente el gobierno del pueblo y así, confundirse tanto, verse engañado de tal forma que prefiera en serio otra cosa, lo que sería realmente peligroso. Por eso propuse inventar alguna nueva palabra para nominar a esto que nos gobierna desde hace, digamos, medio siglo.

El ciudadano medio, por ejemplo, (solo del medio hacia arriba, claro) goza desde hace un tiempo de unos determinados derechos sociales dignamente ganados por nuestras generaciones anteriores. Ahora, justo ahora cuando la cosa se pone complicada -que son los momentos para los que se creó aquella protección- se habla de eliminar algunos de aquellos derechos, porque -según dicen- son esos derechos (nunca la avaricia de los poderosos) lo que no nos permitiría salir de la crisis.
Asi que me pregunto para qué sirven las leyes si cuando la cosa se pone difícil (o sea justo cuando hay que usarlas) se opta por hacer una excepción y no cumplirlas. O, dicho de otro modo, no me digan que esto es el gobierno del pueblo.

Probablemente, leer a Zygmunt Bauman (Tiempos líquidos/Tusquets) -que compré por casualidad una tarde de este verano en Buenos Aires- sea un poco deprimente; pero es que Bauman, dice unas verdades grandes como un tronco y quizá sea eso lo que me atrae; ese bálsamo que uno siente al toparse con una madera de verdad mientras nada en un mundo sucio, lleno de mentiras y de eufemismos. Aunque algunos viejos amigos me tenían más cerca a mi, me juego una apuesta contra el mundo a ver quién es más anarquita, si él o yo.

Foto: El anarquista, visto en el Aeropuerto de Roma, Fiumicino, el 15 de julio de 2007

domingo, 4 de octubre de 2009

Duerme, duerme negrita...



Culta, grande, hija de indios y de una provincia pobre, La Negra Mercedes Sosa era tucumana hasta la médula y tenía una voz prodigiosa. Con el bombo, el poncho y pronunciando la erre con "ye", acento tan particular del centro norte argentino. Y todo eso la hizo más argentina que casi todos y más latinoamericana que muchos. Luchadora de alma, de sangre pura.
En realidad me doy cuenta de que me duele. Es posible que la muerte de Mercedes sea la mayor pérdida musical de mi vida hasta la fecha. Porque yo tenía unos 12 años cuando mis padres me llevaron al Teatro San Martín de Buenos Aires a verla cantar, acompañada por unos músicos extraordinarios, guiados por el gran maestro Ariel Ramírez en el piano.
Y eso me marcó, porque no pude alejarme nunca más de La Negra. Y así, en mi infancia, pasé las horas con la oreja pegada al tocadiscos para seguirla escuchando, mientras al fondo se hacía el asado de los domingos. Mercedes fué algo así como mi antesala para más tarde conocer a Charly García, y después entender a Fito Páez.
Duerme, duerme negrita...

Vídeo: Mercedes Sosa cantando Duerme Negrito de Atahualpa Yupanqui.